Un relato de Kudsi Erguner
ENCUENTROS EN TORNO A PETER BROOK
"Ey keremde, yücelikte ve nur saçıcılıkta güneşin, ayın, yıldızların kul olduğu Sen (Allah). Garip aşıklar, senin kapından başka bir kapıya yol bulamasınlar diye öteki bütün kapılar kapanmış, yalnız senin kapın açık kalmıştır."
En 1975, mientras pasaba unas vacaciones en Estambul, recibí un telegrama de Madame de Salzmann solicitándome que acogiera a uno de sus amigos y le ayudara durante su estancia en Estambul. Se trataba del escenógrafo y director Peter Brook, de quien por aquel entonces ni siquiera había oído hablar. Lo llamé al hotel y concertamos una cita en el embarcadero de los ferris que cruzan el Bósforo, ya que esa noche yo tenía que ir a la tekke uzbeka. Como no nos conocíamos, me indicó que llevaría puesto un jersey rojo para que lo reconociera. Cuando llegó la hora, fui a Karaköy, de donde salen los barcos para Usküdar. Y efectivamente, me encontré con un señor que vestía un jersey rojo, acompañado por una persona que me presentó como su asistente. Fuimos juntos a la tekke uzbeka, donde cenamos, y a continuación deseó visitar los barrios antiguos de Estambul. Los llevé entonces, a él y a su asistente, al viejo barrio de Samatya y al de Kun Kapi, donde se encuentra el patriarcado de la Iglesia de Armenia. Nos despedimos tras haber deambulado por las viejas calles del barrio armenio durante buena parte de la noche. Quedamos en vernos al día siguiente en su hotel.
A la mañana, me sorprendió encontrar, en el vestíbulo del hotel, a un tropel de periodistas y escritores (algunos de ellos famosos) haciendo cola con la esperanza de entrevistarse con el señor Brook. Tuve las mayores dificultades para abrirme camino hasta el personaje, cuya notoriedad ya estaba empezando a apreciar. Aun así, pudimos de todas formas vernos y continuar nuestra visita de Estambul, tal y como quería Madame de Salzmann. Para Brook, este viaje suponía la ocasión de localizar exteriores para su próxima película, que narraría la vida de Gurdjieff, y que se llamaría Encuentro con hombres notables.
Cuando regresé a París, Madame de Salzmann me expuso el proyecto de puesta en escena de Peter Brook sobre la biografía de Gurdjieff, y me pidió que participara como músico. Se trataba básicamente de una colaboración para el principio de la película, que incluye una escena importante, a la vez simbólica y mágica, en la que se narra una competición entre varios músicos, los cuales, con la única fuerza de su arte, deben hacer que una montaña comience a vibrar.
Para la preparación de la película, fuimos juntos a Londres, con el propósito de escuchar algunos conciertos de música tradicional, y en particular, iraní. Finalmente, propuse a Peter que volviéramos otra vez a Estambul, para que le presentara a algunos músicos sufies de mi entorno.
Allí, le presente a un amigo (que tenía más años que yo), intérprete de ney reputado, Aka Gündüz Kutbay, y a otros músicos.
Se realizaron varios ensayos con vistas a este proyecto. Esa escena de la competición entre músicos fue el origen de muchas preguntas
Nos intrigaba en sumo grado. El hecho de hacer vibrar una montaña con la única fuerza del toque musical, suponía una abstracción que nos costaba mucho interiorizar. La forma de entender la música, cada uno en el estilo que le era familiar, no nos hacía propensos a imaginar que un día fuéramos capaces de hacer temblar montañas. Oscilamos, ingenuamente, entre una realidad inverosimil y una sencilla metáfora empleada por el señor Gurdjieff. En realidad, evidentemente, se trataba de encontrar una improvisación musical que permitiera sugerir dicho fenómeno.
Fue así como pasamos días enteros con Madame de Salzmann y otros miembros de su grupo, realizando grabaciones de los ensayos
Estábamos nosotros, los músicos turcos, pero también artistas iraníes como Djamshid Chemirani o el famoso intérprete de santur, Kiani. Había también un músico de tanbur, otro de setar, un cantante judío askenazi y un figurante uzbeko, con un rostro muy impresionante.
Ese periodo resultó fecundo en encuentros diversos con miembros de los grupos Gurdjieff. Conocía ya a unos cuantos, como Robert Browne, en cuya casa había dormido, Dick Temple o incluso los adeptos de París. Todos, empezando por Madame de Salzmann, estaban muy empeñados en el éxito de esa parte de la película, tanto en el ámbito cinematográfico como en el plano espiritual.
Durante esos momentos, me di cuenta de la diferencia sorprendente que podía existir entre las personas del primer círculo, tal y como estaba constituido por el entorno cercano a Madame de Salzmann, René Zuber, Henri Tracol, el Doctor Egg, Michel de Salzmann, Jean Sviadock y otros más que habían conocido a Gurdjieff, y los miembros del segundo círculo, que se habían sumado recientemente al grupo. Mientras que los primeros, sin ser necesariamente sabios, tenían una especie de «presencia», de aura, y no daban muestras de ninguna pretensión, los segundos tenían una actitud afectada, por no decir «estreñida». Se apreciaba una especie de fanatismo en su gusto por el secreto, con el que envolvían todas sus actividades. El primer círculo, en cambio, parecía libre de cualquier obligación para con lo oculto.
Lo que ahí ocurría tiene que ver, sin duda, con cualquier obra espiritual. En los primeros tiempos se constituye un núcleo en torno a una persona de la que emana una luz, un calor humano, una sabiduría, una verdad, ya sea con las palabras o con los actos. De esta primera comunidad, reunida en torno al maestro, emana una segunda, en cuanto desaparece la primera. Allí, a menudo, se manifiesta una actitud de repliegue para protegerse del «vulgar» (están los otros y nosotros). En ese momento, comienza el culto del recuerdo, aparecen ciertas formas de ritualización, y todo aboca al sectarismo.
Volviendo a la música, había varias elecciones. Existían las propias composiciones del señor Gurdjieff, y también de uno de sus discípulos, Thomas de Hartmann. Pero, para la película, buscábamos otra
música, lo que suponía un dilema. Madame de Salzmann defendía las raíces orientales de las composiciones del señor Gurdjieff, aunque estas, de inspiración sacra, habían sido transcritas para poder ser interpretadas con un órgano, por él mismo o sus discípulos (más tarde Thomas de Hartmann hizo una adaptación para piano). Rezumaba ahí la noción de poner al alcance de los occidentales un idioma musical inscrito en las tradiciones sagradas orientales.
La música que proponíamos los orientales la consideraban demasiado explícita. Lo que se nos pedía era que continuáramos siendo nosotros mismos a la vez que nos alejábamos de nuestras referencias musicales o culturales. No era nada sencillo conseguirlo, pero en mi interior valoraba este modo de abordar la paradoja como una experiencia enormemente interesante. Suponía romper nuestras propias referencias para buscar el contacto con una verdad diferente, prescindir de la comodidad del propio lenguaje musical y de nuestras propias coordenadas culturales. Nos costó muchísimo seguir esta pauta y realizar algo en esa línea. Tuvimos que ensayar tanto! Finalmente, el privilegio de hacer vibrar la montaña» cayó sobre mi amigo Aka Gundüz. Eligieron Afganistán como decorado para ese fragmento de la película, durante el cual teníamos que hacer los papeles de actores y músicos.
El comienzo del rodaje tuvo lugar en primavera, estación del año en la que las temperaturas son ya elevadas. Me sentía bastante trastocado, porque era la primera vez que viajaba más al Este que al Oriente de mis orígenes. También notaba la extraña sensación de percibir cómo había podido ser mi país un siglo antes. Los contactos fueron fáciles, puesto que muchos afganos eran turcófonos.
Las primeras tomas se hicieron en los alrededores de Kabul, en un paisaje de colinas y montañas. Allí se habían convocado a miles de figurantes, muchos de ellos jinetes, además de a los actores que interpretaban al señor Gurdjieff y su padre, y a todos los músicos. Era la primera vez que participaba en el rodaje de una película importante, y tengo que decir que estaba bastante impresionado por la dimensión de medios desplegados.
Para la escena de la competición, los músicos debían, uno tras otro, intentar hacer vibrar la montaña ante un consejo de sabios. Los habitantes de los valles colindantes se reunían allí cada año para asistir a esa competición ritual. Peter Brook y Madame de Salzmann habían conseguido una selección extraordinaria de las personas que debían figurar en el comité de sabios. Sus rostros surcados por las arrugas eran impresionantes. Es cierto que Afganistán, en ese sentido, ofrece
grandes posibilidades: la dura vida de los habitantes, incluso jóvenes, deja huella en la cara.
En lo que respecta al trabajo de actor propiamente dicho, como músicos, al ser neófitos, nos dimos cuenta muy pronto de las dificultades que planteaba. A pesar de que Peter Brook nos insistía en que
nos comportáramos con naturalidad, que camináramos normalmente, lo cierto es que nuestro andar se asemejaba al de los marinos que pisan tierra tras muchos años de navegación. Cada día nos percatábamos un poco más de la dificultad del oficio de actor, pero al fin y al cabo tuvimos que ponernos en la piel de los personajes que íbamos a que encarnar. Tras varios ensayos, conseguimos, finalmente, hacer lo que Peter Brook y Madame de Salzmann esperaban de nosotros.
Causaba estupefacción ver cómo Madame de Salzmann, a pesar de haber cumplido noventa años, mantenía toda su energía bajo un calor de más de cuarenta grados. De pie, con un paraguas en la mano, para protegerse de los rayos del sol, tenía una presencia y una vitalidad que exigían la admiración de todos. Era como una niña pequeña que realizaba su deseo más anhelado.
El importante presupuesto de la película permitía unas excentricidades absurdas en lo que atañía a la intendencia. Las comidas, por ejemplo, estaban preparadas con alimentos provenientes de Inglaterra, entregados directamente en camiones frigoríficos. Los músicos, en las mismas condiciones que los actores ingleses, tenían que alimentarse, a causa de supuestas razones de higiene, con alimentos congelados, mientras que los figurantes afganos, por su lado, disfrutaban con pinchos morunos cuyo delicioso olor llegaba hasta nosotros. Durante las pausas, pudimos entablar contactos con ellos. Me sorprendió su extrema religiosidad, la intensidad de su fe. A uno de ellos, de origen uzbeko y turcófono, le comenté mi sorpresa ante tantas marcas de devoción, tantos escrúpulos en la práctica del Islam. A lo que el respondió: «iMira! iMira a tu alrededor!» Efectivamente, en ese valle, no crecia ni una brizna de hierba. Prosiguió: «En esta nada, sólo la Verdad puede aparecer», Se llamaba Aldas (piedra roja) y nos hicimos muy amigos.
FUENTE: La fuente de la separación, Viajes de un músico sufí
Kudsi Erguner
oozebap - Colección Asbab (vínculos) n.º 3



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